Nuestra Misión

Somos una naciente comunidad ortodoxa de...Mas >>

Galería

Inicio de la Misión Ortodoxa del Espíritu... Mas >>

Servicios

Tenemos la celebración de la Divina Liturgia... Mas >>

Artículos

Haga clic aquí para leer los últimos artículos... Mas >>

miércoles, 28 de diciembre de 2011

“El poder positivo del amor” (2da parte)

Cómo mostrar el amor ágape”


Por Su Excelencia Reverendísima CRISTÓDULOS I
Obispo de la Metrópolis Ortodoxa Autónoma de las Américas e Islas Británicas


Este artículo es un anexo del anterior que se leyó, correspondiente al valor positivo del amor. Quise escribirlo para complementar el sentido que quise plasmar en el mismo y que se llevase una idea de cómo mostrar ese amor, que es el fundamental a todo cristiano, más allá del amor carnal y la amistad.
El amor de Dios nos da el poder de reaccionar con calma ante las dificultades, demostrar paciencia en los tiempos de espera y hacer sacrificios sin quejarnos. Mostramos ese amor cuando:

  • Perdonamos a los demás. En la parábola del Hijo Pródigo, el hijo derrochó su dinero viviendo perdidamente, y vio las promesas vacías y la índole destructiva del pecado. Cuando el joven regresó, su padre lo perdonó totalmente. El amor hizo posible borrar el pasado.
  • Actuamos con generosidad. El hijo, recién salido de alimentar cerdos, llegó a la propiedad de su padre con pocas expectativas. Pero el padre perdonador lo recibió cálidamente y lo vistió con las mejores ropas. El amor no lleva cuenta de los agravios. Eso le permitió al padre mostrar generosidad.
  • Servimos alegremente. ¡Qué fiesta tan grande hizo el padre por el regreso del hijo pródigo!. Su alegría por el regreso del hijo perdido, a casa, se derramó a los demás. El amor se manifiesta en el servicio gozoso.
  • Restauramos a los que caen. El que abandonó a su padre y dilapidó su herencia recibió otra vez todos sus derechos de hijo. Sólo el amor de Dios puede hacer esto. Cuando cometemos un error, nuestro Padre celestial espera con paciencia que nos volvamos a Él. El Señor acepta nuestro arrepentimiento, se regocija por nuestro retorno y restaura nuestra intimidad con Él. El hermano mayor no entendió eso y olvidó las veces que su padre le había demostrado amor y perdón.

Dios nos llama a un estilo de vida de amor y ágape. El santo apóstol y evangelista Juan nos recuerda las palabras de Jesús en su evangelio: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviéreis amor los unos por los otros” (Juan 13, 35).
¿A qué persona pudiera usted mostrar este amor divino que perdona, restaura y sirve con alegría y generosidad?.

“El Poder Positivo del Amor” (1ra parte)

Por Su Excelencia Reverendísima CRISTÓDULOS I
Obispo de la Metrópolis Ortodoxa Autónoma de las Américas e Islas Británicas

 

En el artículo anterior hablábamos del poder en la valentía. Hoy os invito a meditar en la porción bíblica que se encuentra en el Santo Evangelio según San Lucas, capítulo 15 y versos del 11 al 32. Se trata de la famosa parábola del padre que perdona a su hijo o, como también se le conoce, la parábola del Hijo Pródigo.

Jesús contó también esto: “Un hombre tenía dos hijos, y el más joven le dijo a su padre: ´Padre, dame la parte de la herencia que me toca´. Entonces el padre repartió los bienes entre ellos. Pocos días después el hijo menor vendió su parte de la propiedad, y con ese dinero se fue lejos, a otro país, donde todo lo derrochó llevando una vida desenfrenada. Pero cuando ya se lo había gastado todo, hubo una gran escasez de comida en aquel país, y él comenzó a pasar hambre. Fue a pedir trabajo a un hombre del lugar, que lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Y tenía ganas de llenarse el estómago con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Al fin se puso a pensar: ¡Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen comida de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre!. Regresaré casa de mi padre, y le diré: ´Padre mío, he pecado contra Dios y contra tí; ya no merezco llamarme tu hijo, trátame como a uno de tus trabajadores´. Así que se puso en camino y regresó a la casa de su padre.
Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión de él. Corrió a su encuentro, y lo recibió con abrazos y besos. El hijo le dijo: ´Padre mío, he pecado contra Dios y contra tí; ya no merezco llamarme tu hijo´. Pero el padre ordenó a sus criados: ´Saquen pronto la mejor ropa y vístanlo, pónganle también un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el becerro más gordo y mátenlo. ¡Vamos a comer y a hacer fiesta!. Porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a vivir; se había perdido y lo hemos encontrado´. Y comenzaron a hacer fiesta.
Entre tanto, el hijo mayor estaba en el campo. Cuando regresó y llegó cerca de la casa, oyó la música y el baile. Entonces llamó a uno de sus criados y le preguntó qué pasaba. El criado le dijo: ´Es que su hermano ha vuelto y su padre ha mandado matar el becerro más gordo, porque llegó bueno y sano´. Pero tanto se enojó el hermano mayor, que no quería entrar, así que su padre tuvo que salir a rogarle que lo hiciera. Le dijo a su padre: ´Tú sabes cuántos años te he servido, sin desobedecerte nunca, y jamás me has dado ni siquiera un cabrito para hacer fiesta con mis amigos. En cambio, ahora llega este hijo tuyo, que ha malgastado tu dinero con prostitutas, y matas para él el becerro más gordo´.
El padre le contestó: ´Hijo mío, tú siempre estás conmigo, y todo lo que tengo es tuyo. Pero ahora es muy justo hacer fiesta y alegrarnos, porque tu hermano, que estaba muerto, ha vuelto a vivir; se había perdido y lo hemos encontrado´.”

El Nuevo Testamento usa tres palabras griegas para referirse al amor: eros (intimidad física), filos (amistad) y ágape (amor producido en nosotros por el Espíritu Santo). Nuestro Padre celestial nos ama con amor ágape, por eso sacrificó a Su Hijo Jesucristo para ponernos en una buena relación con Él.
Demostramos amor ágape cuando:
  • Respondemos con serenidad a las dificultades. Cuando el hijo pródigo exigió prematuramente su parte de la herencia, su padre no le respondió con enojo criticando a los hijos malagradecidos. Aunque la actitud del joven debió haberle causado dolor, el hombre guardó silencio y no utilizó la retaliación. Al mantenerse sereno, pudo pensar con más claridad y decidir amarlo.
  • Hacemos sacrificios sin quejarnos. Tranquilamente, y sin quejarse, el padre entregó la herencia como su hijo se lo pidió. Aunque él sabía que a su hijo le esperaba la ruina, dirigió sus esfuerzos a preservar su relación de padre e hijo. Al hacerlo, eligió el camino del amor,
  • Esperamos con paciencia. Por su gran amor, el padre dejó que su hijo se marchara y se mantuviera alejado. ¡Qué dolor tan grande debió haber sentido como padre!. Pero no perdió las esperanzas. Esperó que el joven reconociera que el pecado es engañoso. Sólo el poder del amor ágape hace posible la espera (1 Corintios 13, 4). La obra del Espíritu Santo en nosotros nos da el poder para mostrar dedicación abnegada al desarrollo de otra persona. De esa manera, nos convertimos en personas que responden con calma, sin quejarse y con paciencia. ¿Qué clase de emoción ofrece usted a los demás, humana o divina?

“El poder positivo de la valentía”

Por Su Excelencia Reverendísima CRISTÓDULOS I
Obispo de la Metrópolis Ortodoxa Autónoma de las Américas e Islas Británicas

 

En el artículo anterior hablé de la confianza como parte importante de la vida del cristiano ortodoxo. Hoy el tema que abordaré es acerca del valor del seguidor de Cristo para acometer las tareas que tenemos por delante en la vida. Le invito a que lea el pasaje bíblico de Josué 1, 1-9, en el Antiguo Testamento.

Después de la muerte de Moisés, siervo del Señor, Dios le dijo a Josué hijo de Nun, asistente de Moisés: “Mi siervo Moisés ha muerto. Por eso tú y todo este pueblo deberán prepararse para cruzar el río Jordán y entrar a la tierra que les daré a ustedes los israelitas. Tal como le prometí a Moisés, yo les entregaré a ustedes todo lugar que toquen sus pies. Su territorio se extenderá desde el desierto hasta el Líbano, y desde el gran río Éufrates, territorio de los hititas, hasta el mar Mediterráneo, que se encuentra al oeste. Durante todos los días de tu vida, nadie será capaz de enfrentarse a ti. Así como estuve con Moisés, también estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré. Sé fuerte y valiente, porque tú harás que este pueblo herede la tierra que les prometí a sus antepasados. Sólo te pido que tengas mucho valor y firmeza para obedecer toda la ley que mi siervo Moisés te mandó. No te apartes de ella para nada; sólo así tendrás éxito dondequiera que vayas. Recita siempre el libro de la ley y medita en él de día y de noche; cumple con cuidado todo lo que en él está escrito. Así prosperarás y tendrás éxito. Ya te lo he ordenado: ¡Sé fuerte y valiente! ¡No tengas miedo ni te desanimes! Porque el Señor tu Dios te acompañará dondequiera que vayas.”

¿Qué tienen en común estas personas: Josué, el líder israelita; Daniel, el profeta; los 12 apóstoles de Jesús; y el apóstol Pablo?.
Además de amar a Dios, todos ellos tuvieron que ser valientes. Obedecer al Señor exige valentía, una firmeza de espíritu capaz de enfrentar las crisis sin retroceder.
Josué fue escogido por Dios para introducir a la nación a la tierra prometida. Quizás él pudo haber pensado: ¿quién soy yo para ocupar el puesto de Moisés? O, ¿qué pasará si la gente no acepta mi liderazgo?. Dios le habló tres veces para darle seguridad, diciéndole que fuera fuerte y valiente.
Él respondió positivamente, y construyó su valentía sobre dos preciosas seguridades:

Promesa # 1 - Dios viaja con nosotros. El Señor prometió que estaría con los israelitas en la nueva tierra, y que nunca los dejaría ni desampararía, la misma promesa que nos hace a nosotros en Hebreos 13, 5. En realidad, el Señor viaja con nosotros de una manera mucho más íntima, por medio de su Espíritu que vive en nosotros.

Promesa # 2 – Dios va delante de nosotros. Dios prometió ocuparse del enemigo antes de que Israel llegara. A pesar de ello enfrentaron batallas, pero Él les aseguró la victoria si tenían fe y obedecían. Jesús ha ido delante de nosotros al cielo habiendo ganado ya la batalla espiritual. Nuestra redención ha sido asegurada, nuestro lugar en el cielo permanentemente establecido, y nuestra herencia eterna garantizada. Y aunque nuestras luchas terrenales continúan, estas son temporales.

Si construyes tu vida sobre estas dos promesas, entonces la palabra valiente será parte de tu nombre.

“El poder positivo de la confianza”


Por Su Excelencia Reverendísima CRISTÓDULOS I
Obispo de la Metrópolis Ortodoxa Autónoma de las Américas e Islas Británicas
Este es el primero de tres artículos que he escrito sobre aspectos básicos en la vida del cristiano ortodoxo y que ayudarán a mejorar la conducta y la respuesta que Dios espera de cada uno de nosotros como tales. Este está basado en la confianza en el Señor.
Voy a referirme a un personaje bíblico que es conocido como el apóstol de las naciones, se trata de san Pablo. Le invito a leer el pasaje bíblico que se encuentra en Filipenses 4, 4-13, epístola que le escribió a los habitantes de la antigua ciudad griega de Filipos, para analizar la actitud de este santo y piadoso varón de Dios.

Hermanos:
Alegráos siempre en el Señor. Repito, ¡alegráos!. Que todos os conozcan a vosotros como personas bondadosas. El Señor está cerca. No os aflijáis por nada, sino presentádselo todo a Dios en oración; pedid y dadle gracias también. Así Dios os dará su paz, que es más grande de lo que el hombre puede entender; y esta paz, cuidará vuestros corazones y vuestros pensamientos, porque vosotros estáis unidos a Cristo Jesús.
Por último, hermanos, pensad en todo lo verdadero, en todo lo que es digno de respeto, en todo lo recto, en todo lo puro, en todo lo agradable, en todo lo que tiene buena fama. Pensad en todo lo que es bueno y merece alabanza.
Poned en práctica todo lo que os enseñé y las instrucciones que os dí, lo que me oísteis decir y lo que me vísteis hacer: hacedlo así y el Dios de paz estará con vosotros.
Me alegro mucho en el Señor de que vosotros hayáis vuelto a pensar en mí. No quiero decir que me hubiérais olvidado, sino que no teníais la oportunidad de ayudarme. No lo digo porque yo esté necesitado, pues he aprendido a contentarme con lo que tengo. Sé lo que es vivir en la pobreza, y también lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a hacer frente a cualquier situación, lo mismo a estar satisfecho que a tener hambre, a tener de sobra que a no tener nada. A todo puedo hacerle frente, pues Cristo es quien me sostiene.”


Pablo era un hombre confiado. Durante los primeros años de su vida, la actitud positiva del apóstol fue el resultado de confiar en sus credenciales, es decir, en su origen, educación y posición social. Sin embargo, su encuentro con Jesús le hizo entender que todo eso era de poco valor. Entonces, ¿cuál era la fuente de su confianza?.
La relación de Pablo con el Señor creó los nuevos fundamentos de su existencia. Le invito a leer Hechos 9, 1-6: “Mientras tanto, Saulo no dejaba de amenazar de muerte a los creyentes en el Señor. Por eso, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas de autorización para ir a las sinagogas de Damasco, a buscar a los que seguían el Nuevo Camino, tanto hombres como mujeres, y llevarlos presos a Jerusalén. Pero cuando ya se encontraba cerca de la ciudad de Damasco, una luz que venía del cielo brilló de repente a su alrededor. Saulo cayó al suelo, y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Saulo preguntó: “¿Quién eres, Señor?”. La voz le contestó: “Yo soy Jesús, el mismo a quien estás persiguiendo. Levántate y entra en la ciudad; allí te dirán lo que debes hacer.” Al considerar que su vida vieja había terminado, abrazó de todo corazón su nueva vida en Cristo.
San Pablo reconoció la insuficiencia de todo aquello en que había confiado antes: sus conocimientos, sus logros y su autoridad, y renunció a cualquier idea de vivir independientemente del Señor Jesús. El apóstol era un hombre de acción, quien vivía una vida de absoluta confianza en Dios, cuando escribió a los habitantes de Galacia y les dijo: “Ya no soy quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Y la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo por mi fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mí” (Gál.2, 20).
La firme confianza de san Pablo en la fidelidad de Dios también jugó un papel importante. Le creyó a Dios cuando éste le prometió fortalecerlo y prepararlo, guiarlo en todas las situaciones, suplir todas sus necesidades y nunca abandonarlo.
Cuando enfrentaba pruebas, san Pablo experimentaba el poder del Espíritu Santo que fluía en él y a través de él. Por creer sin reservas en lo que decía Dios, pudo enfrentar las adversidades con valentía. Su confianza no estaba puesta en sí mismo, sino en la presencia, la provisión y el poder de Dios. Por consiguiente, se mantenía fuerte.
¿Ve el por qué podemos seguir a Jesús confiadamente?. No es lo que somos, lo que creemos de nosotros mismos, o las habilidades que tenemos, lo que importa. Lo que nos produce confianza es desarrollar fe y dependencia absolutas en Jesús.

Mi gran aventura en la búsqueda de la Verdad

Por la Hermana Matea Osswald
Traducido por Su Excelencia Reverendísima CRISTÓDULOS I
Obispo de la Metrópolis Ortodoxa Autónoma de las Américas e Islas Británicas

Infancia y adolescencia.
Nací en 1961 en una familia protestante en un pueblo del sur de Alemania. Vivíamos en una barriada que antes había sido una villa separada y más tarde fue integrada en una municipalidad. Solamente había una familia católica romana mientras que el resto de los habitantes eran protestantes. La única hija de esta familia, a quien quería mucho, estaba en mi aula en la escuela primaria y recuerdo todavía cómo me estaba estrictamente prohibido visitarle a su casa. En los años posteriores hubo una creciente tolerancia al respecto. A pesar de que la mayoría de la población era protestante, con el paso del tiempo la población “católica” fue creciendo y se fueron formando así otras comunidades católicas romanas en el pueblo.
Mis padres creían en Dios pero no practicaban su fe, no iban nunca a la iglesia los domingos, no orábamos -al menos no juntos o antes de los alimentos-, y el tema sobre “Dios” nunca se trataba en nuestro hogar. Pero sin embargo, en casa de mis abuelos vivía una diaconisa evangélica que había sido antes maestra de guardería. Fue como una luz para mí, porque cada vez que yo visitaba a mis abuelos buscaba la ocasión para desaparecerme y visitarle. Siempre me hablaba de Jesús, de sus milagros, de cómo en repetidas e incontables maneras Él la ayudaba, sobre el paraíso, el cielo y los ángeles...y luego oraba conmigo. ¡El tiempo con ella me parecía que volaba muy rápido!. Siempre me entristecía cuando escuchaba una voz que me decía: “¿Adónde andas nuevamente? Ven rápido”. Mis abuelos no veían con buenos ojos el que yo me quedase tanto tiempo con esa “tía piadosa”.
Una noche, tenía yo unos cuatro o cinco años, estaba acostada en mi cama pensando en cuán agotador sería para Papá Dios no tomarse un descanso ya que siempre está despierto preocupándose por las personas y cuidándoles para que nada malo les pase. Le hice varias sugerencias como, por ejemplo, si podía alternarse con Su Hijo o con los ángeles, y al final le dije que yo deseaba ayudarle mucho y que no me molestaría en lo absoluto quedarme también despierta de cuando en cuando siempre que fuera para ayudar a las personas. Por una parte estos pensamientos eran muy infantiles pero, por la otra, nunca los olvidé y en los años sucesivos ellos golpearían mi interior. Luego comenzó la escuela y me ocupé en otras cosas.
Claro está que nunca dudé de la existencia de Dios, pero Su existencia no tenía ninguna importancia para mí ni para mi vida. Era como si fueran dos cosas por separado que no tienen relación una con la otra. Toda mi adolescencia quedó marcada por el deseo de ser como los demás (algo en lo que nunca tuve éxito, ya que siempre era marginada debido a mi apariencia un tanto fea).
Hice todo lo que los demás hacían: fumar, ir a los bares nocturnos, fumar marihuana, escuchar música rock, etc. Entonces formé parte del grupo aunque, está de más decir, muchas veces me veía sentada sola en la esquina y nunca acoplaba con nadie por más que lo intentaba.

Cautivada por el divino amor

Cuando tenía 17 años se produjo un cambio significativo en mi vida. Siempre sentía un gran amor por la música. Tocaba algunos instrumentos y posteriormente deseé estudiar música. Alguien le dio a mi madre dos entradas para un concierto en la iglesia. Se interpretaría “La Pasión de San Mateo”, de Juan Sebastián Bach, que trata de la Pasión de Cristo según el evangelio de San Mateo en la Biblia. El concierto estaba programado para el Viernes Santo.
Como los protestantes no tienen ninguna liturgia divina, en particular para Semana Santa, es por eso que de ofrecen los llamados “conciertos religiosos”, para que todos asistan a ellos a manera de contemplación y paz interior. El concierto duró tres horas y media. Realmente no puedo explicar qué fue lo que pasó dentro de mí. El Santo Evangelio, en combinación con la música, tocó lo más profundo de mi ser y estremeció mi corazón (algo similar leí que sucedió en la vida del Padre Serafín Rose). Quedé tocada, impresionada y sobrecogida por el amor de Jesucristo que murió sacrificándose en la Cruz por nosotros y por nuestros pecados; amor que se volvió en ese momento una realidad para mí y me llenó totalmente. No sé por cuánto tiempo quedé llorando en la iglesia, pero lo que sí sé es que quería convertirme en respuesta a este amor y esto era muy claro dentro de mi corazón. Luego me preguntaba el por qué dije que “quería convertirme en respuesta a este amor” y no “yo quiero dar una respuesta a este amor”. En aquel momento no lo entendí pero parece que tenía su significado, porque desde aquel día mi vida cambió por completo. Al día siguiente compré una Biblia, colgué una cruz en mi habitación y, en vez de ir en las noches a los bares, me quedaba leyendo la Santa Biblia y orando. Posteriormente decidí comenzar a estudiar música eclesiástica pues pensaba que ya que Dios me había tocado de esa manera y me había dado un talento, yo debía ayudar a los demás a tener la misma experiencia. Me hice miembro del coro de la iglesia de nuestra ciudad y empecé un curso de música eclesiástica y a tomar clases de órgano. Así también mis amigos cambiaron, y los próximos tres años me dediqué por completo a la música de iglesia, a hacer nuevas amistades, a la Santa Biblia y además, a la escuela.

Protestantismo o la “iglesia” católica romana

Una amiga mía de vez en cuando tocaba el órgano en una iglesia “católica” de la comunidad en nuestra ciudad. Un sábado en la noche acordamos que yo la esperaría a la salida de su iglesia para salir juntas. Por error llegué una hora más temprano y entonces nos pusimos de acuerdo ella y yo en subir al balcón y mirar la misa “desde lo alto” en vez de esperarla fuera de la iglesia. De alguna manera era diferente a la liturgia que yo conocía de la iglesia evangélica pues era más solemne y eso me impresionó. Desde entonces no podía quedarme tranquila y quise descubrir qué era eso diferente que me sacudió. Por mucho tiempo visité la Santa Misa de los católicos en la iglesia católica romana los sábados en la noche mientras que los domingos en las mañanas asistía a la “iglesia” evangélica. La primera empezó a atraerme mucho más, ya que en la “iglesia” evangélica no veía la solemnidad; me parecía como un asunto de patrón humano que congregaba a las personas con un interés común y que se llama Dios. En la “iglesia” católica romana sentía como algo trascendental, algo superior que parecía unir a las personas, muy diferente a lo que ocurre en un club social o comunitario de meros intereses humanos comunes. En particular disfrutaba de la Santa Eucaristía como algo diferente a la santa comunión de la iglesia evangélica que nunca tuvo ningún significado para mí. Siempre hablaba con el sacerdote de la comunidad, quien sostenía puntos de vista sobre la actualidad. Como protestante, naturalmente tuve serios encontronazos con los Papistas, pero para el sacerdote esto no parecía ser problema alguno. O mejor dicho, esto era un problema pero él siempre lo resolvía a su manera, tal como había aprendido en las conferencias de un profesor universitario. Siempre decía el sacerdote: “El Papa está en Roma y nosotros acá. ¿Él qué sabe de nosotros? Mejor que se preocupe de la iglesia de Roma y nosotros acá de la nuestra”. (Esta forma de ver las cosas no era sino católica romana y empezó a propagarse en la década de los 80). Lo que me empujó a convertirme en católica romana fue la experiencia de lo trascendental y sobre todo la Eucaristía, es decir, el creer que -durante la misa- el pan y el vino son verdaderamente transformados en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es decir, que todo esto era una realidad y no un mero simbolismo. Otra razón fue la liturgia misma, porque en la “iglesia” evangélica no hay liturgia con significado alguno, sino que solamente consiste en la lectura de la Santa Biblia, una larga predicación y muchos cantos, y una vez cada mes la llamada “santa comunión” después de la liturgia o servicio. Fue así como me convertí en católica romana en octubre de 1982.
Mirando hoy día la manera en que todo esto ocurrió, no puedo más que mover la cabeza porque yo estaba ciega. Habíamos decidido celebrar una “liturgia” en casa dentro de un ambiente familiar. La celebración no era en la iglesia sino en la sala de la casa del sacerdote.
Yo misma pude escoger la lectura del evangelio y, en vez de un sermón, juntos exponíamos nuestras impresiones correspondientes a las áreas de la Biblia que escogíamos mientras nos sentábamos en el sofá. Esto es lo que se llama Liturgia de la Palabra. Para celebrar la Eucaristía todos nos sentábamos juntos alrededor de la mesa del comedor, la que servía como santo altar. Aunque yo tenía que decir el Credo con el resto del grupo, nadie me obligaba a decir la siguiente confesión: “Yo creo y confieso todo lo que la Santa Iglesia Católica cree, enseña y declara” (De esto me dí cuenta cuando, 24 años más tarde, alguien me dijo que no podía abandonar nuestra iglesia así ya que había dicho esa confesión).
Así fue cómo me hice católica romana pero, ¿y ahora qué?. La música sacra jugaba un papel significativo en la iglesia evangélica pero en la católica romana era algo secundario. Además, la música sacra aquí no me parecía muy atractiva. Esta fue creada bajo rápidos procesos posteriores al Concilio Vaticano II, cuando se cambió la liturgia permitiéndosele celebrarse, de ahí en lo adelante, en las lenguas de cada país, de modo que no había tradición. Aparte de esto yo creía que debía, de alguna manera, involucrarme en alguna comunidad y, como siendo mujer no podía llegar a ser sacerdote, decidí estudiar teología y convertirme en una asistente de pastoral. Continué estudiando las Sagradas Escrituras y, por encima de cualquier otra cosa, quedé profundamente marcada por las parábolas dichas por Jesús. Siempre quedaba impresionada cuando Jesús le decía al joven rico: “Ve, vende todo lo que tienes y ven y sígueme” (Mat. 19, 21). A otro le dijo: “Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos” (Mat. 8, 22) o “ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios” (Luc. 9, 62). Estas palabras me impactarían y me afectarían. Quise hacer de mi fe una profesión y lo más importante en mi vida, pero ¿cómo?. ¿Debería marcharme de mi casa sin un céntimo, sin un abrigo, sin nada? ¿Marcharme simplemente así como dice la Biblia? Pero, ¿adónde?.

En busca de mi propio monasterio
Antes de iniciar mis estudios básicos tuve primeramente que tomar estudios propedéuticos (de preseminario) para aprender el Latín y el Griego bíblicos. Durante este período me ocurrió algo especial. Un día en la sala de espera de mi médico, mientras echaba un vistazo a un periódico, fijé la vista en un artículo sobre un monasterio benedictino que me interesó. Era esa, quizás, la respuesta a mis dudas acerca de mi existencia. Yo creía que los monasterios solamente existieron en la edad media porque, como dije antes, vivía en un área evengélica donde no existían. Al día siguiente llamé por teléfono para preguntar si podía visitarles. Su respuesta fue positiva y estuve muy contenta por varias semanas esperando las próximas festividades para pasarlas allí. Me impresionó mucho el silencio, los servicios de las horas, en las cuales las monjas se reunían cada tres horas en la iglesia, el trabajo manual y los repetidos ritmos de vida diarios en los que cada alma podía encontrar descanso. Pero aunque me gustaba todo eso, todavía había algo que me faltaba.
Aprendí que existían diferentes órdenes religiosas, cada una con reglas y carismas diferentes. Llegué a conocer a las monjas franciscanas, las carmelitas y algunas otras más. Me gustaba algo de cada órden pero siempre me faltaba algo más. ¿Qué cosa era? (la respuesta a esta pregunta la supe muchos años después). Sin embargo, al final me daba cuenta que en cada ocasión yo quería dedicar mi vida a Dios y llegar a ser una monja. En mis oraciones continuamente le preguntaba a Dios dónde era que Él me quería, en cuál de todas esas órdenes o comunidades religiosas. En mi búsqueda también tuve contacto con lo que se conoce como Movimiento de Renovación Carismática Católica.
Mas sin embargo nunca me sentí cómoda con eso. Todos podían cantar en “lenguas”, algunos hablar profecías, todo era muy emocionante pero aún así, una vez más, me sentía extraña. Desde luego, no podía demostrarlo, ya que eso significaría que no había sido iluminada por el Espíritu Santo y que había cerrado totalmente mi corazón a Él.
En aquel entonces también visité una de las nuevas comunidades de espiritualidad que había sido fundada a comienzos de los 80 y estaba formada por hombres y mujeres solteros que, luego de un largo tiempo de prueba (noviciado), tomaban juramento y prometían castidad, pobreza y obediencia. También en esas comunidades habían familias con niños donde las parejas prometían pobreza, obediencia y pureza matrimonial. Mirándolo de manera superficial, durante mi primera visita nada me motivó sino todo lo contrario. Un visitante preguntó durante la discusión de varios temas cuáles eran las condiciones para entrar a esa comunidad, a lo que el fundador o responsable de la misma replicó: “¿Condiciones?. Una y solamente una. El que quiera entrar aquí, tiene que dejar su “propia” vida en la puerta de entrada”. Así nada más.
En la tarde cuando regresé a mi casa quedé igual que como antes, sólo que esa frase no la borraría de mi mente.
Ese verano un buen amigo me invitó a que lo acompañara a un largo encuentro de nuevas comunidades de espiritualidad católicas diferentes en Francia. La diversidad, los cantos, los bailes tradicionales de Israel, los servicios de las horas y la adoración al Santísimo Sacramento en la tranquilidad, me impactaron tanto que al final creí que había encontrado mi destino. Quise unirme a esta comunidad y convertirme en monja. Regresé a Alemania y en el otoño presenté mis exámenes finales en el curso propedéutico de teología que había tomado y luego compré un boleto para Francia, con mis últimos 300 marcos que un amigo me había dado, con la intención de nunca más regresar. El hombre propone pero Dios es el que dispone. Luego de dos semanas me enteré que las casas de la comunidad permanecerían cerradas para los visitantes. ¡Qué terrible! Y ahora, ¿qué?. Sin dinero ni planes, ¿qué iba a hacer?. Pero gracias a Dios, a última hora hubo un cambio. Una de las casas de la comunidad se iba a quedar abierta, por el período de Navidad, ofreciendo un programa de ejercicios de espiritualidad. El dinero que tenía me era suficiente para esto pero una semana después me ví en las mismas condiciones. Sin embargo, una mujer que también había participado en el programa de ejercicios de espiritualidad me invitó a asistir a una peregrinación. Inmediatamente después de la misma, ella me dio algo de dinero y pagó mi boleto del tren para ir a lo que se conoce como Mutterhaus (el principal monasterio de la comunidad) en otro sitio de Francia. Allí me pasé otra semana más siempre con la esperanza de poder finalmente hablar con el fundador de la comunidad para que me dejara entrar a ella. Al concluir la misma, al fundador no le quedó muy claro que entrar a esta comunidad fuera lo que Dios había destinado para mí. En uno de los servicios de vísperas él puso sus manos sobre mi cabeza y después de orar por mí me reveló lo que había recibido: “Mis caminos no son tus caminos. Te mostraré otro camino que aún no puedes comprender. Pero pido de tí absoluta entrega”.
Con estas palabras, como es de suponer, me salí nuevamente. Y ahora ¿hacia dónde?. Estaba realmente desesperada, nadie me podía explicar estas palabras o darme una perspectiva. Mas yo solamente perseguía un objetivo: seguir a Jesús y dedicarle mi vida. Pero era terrible. Aparte de mi decepción, esta creó en mí una duda interna de si tal vez Dios no me quería o si yo era lo bastante estúpida como para hallar el lugar al que Él me había destinado. Nuevamente alguien se apiadó de mí y me dio algo de dinero para regresarme a casa. Había dejado mi casa para nunca regresarme a ella y unas semanas después me encontraba frente a la casa de mis padres sin anunciarme. (Antes de esto yo me había quedado por una semana en un monasterio en Francia para permanecer en silencio y aquietar mi alma. Había logrado lo primero, pero no lo segundo). Mis padres, naturalmente, se alegraron de que yo volviera pero yo estaba totalmente desorientada. Las siguientes dos semanas me las pasé viviendo, casi en su totalidad, recluída orando en mi habitación. Al mismo tiempo resonaban dentro de mí las palabras “El que desee entrar aquí tiene que dejar su “propia” vida en la puerta de entrada”. Se libraba una batalla campal dentro de mí. Por un lado nada me llamaba la atención de allí: la pobreza, extraños rostros barbudos con viejos hábitos, nada de electricidad ni agua potable, un servicio sanitario primitivo, nada de espacio privado y muchas otras cosas. Pero esas palabras no me dejaban en paz. Todo esto era básicamente lo que yo deseaba, lo que yo buscaba dentro de mí desde el momento de mi conversión, esta dedicación total a Cristo sin buscar nada para mí a cambio y dejando todo lo mundano.
Y bueno, decidí darme una oportunidad: llamar por teléfono (era viernes en la tarde) y preguntar si podía pasarme allí el fin de semana. Si la respuesta era negativa, entonces yo iba a cerrar ese capítulo y nunca lo volvería a abrir (por dentro lo deseaba). La respuesta fue positiva. Entonces todo estuvo bien. Al día siguiente fui allí y esta vez fue diferente. Las cosas exteriores no me causaron más repulsión y sostuve una larga conversación con el fundador relacionado con mi búsqueda interior en los meses anteriores. Me propuso que me quedara en la comunidad por cuatro meses para procurar, con calma y oración, pedirle a Dios por mi destino.
Después de tres semanas allí tuve la impresión que había hallado mi lugar. Por encima de todo amaba el silencio y la oración del corazón pero también aprendí a amar cada vez más la humildad y la sencillez de vida y no querer cambiarla por una más cómoda. También aquí experimenté una iglesia católica romana desde un ángulo totalmente diferente. Aunque me había hecho católica en una parroquia con orientación modernista, ahora me encontraba en una comunidad donde el amor y la obediencia al Papa estaban escritos con letras mayúsculas. Allí se seguía con celo y se dirigía la vida según lo que el Papa decía y hacía, y yo eso lo encontraba un tanto difícil a la misma vez que me sentía como una rebelde que participaba a regañadientes o totalmente vacilante. Muchos años tuvieron que pasar para que yo cambiara de actitud al respecto.
Al año comencé mi noviciado y al siguiente hice los primeros votos por tres años. Después vinieron los llamados votos temporales (por otros tres años) y luego los votos de dedicación entera de vida (perpetuos). Sin embargo, en aquel momento no me sentía en condiciones de dar los llamados votos perpetuos, porque estaba en una gran crisis interna y fluctuaba llena de incertidumbre. Pensé que todo esto no era más que un asalto interior, malos pensamientos, y sentimientos que uno no debe permitir, por lo que escapé de todo ese “caos interno” e hice los votos. Toda esa tormenta pasó pero no llegué a tener calma realmente, por lo que esto pudo haber sido sintomático de mi camino de vida. Como antes dije, me podían haber atraído muchas cosas de las diferentes órdenes y comunidades religiosas, aunque siempre sentía que me faltaba algo que en aquel momento no podía saber qué era. En esta comunidad, donde todo era muy refinado y aparentemente no faltaba nada, ni siquiera pude hallar aquí la verdadera calma interior, esa seguridad profunda e interior de haber llegado aquí a mi destino final. Esos pensamientos y el vago sentimiento de nostalgia que continuamente procedían de mi ser interior –creía yo- provenían del maligno y por tanto yo debía luchar espiritualmente contra ellos, razón por la cual no debía permitirlos en lo absoluto y bajo ninguna circunstancia. Pensaba que la verdadera paz y la seguridad de que alguien ha llegado a su destino final se podían hallar solamente en el cielo, y que en la vida todos se quedan “sobre la marcha” en un desasosiego interior y una silenciosa melancolía. Sin embargo, nunca pasó por mi mente el abandonar en algún momento esta comunidad. Con excepción de unas pocas crisis, que cualquiera que se decide a seguir este camino puede experimentar, yo estaba contenta y felíz allí. Amaba a mi padre espiritual, fundador de esta comunidad, y a mis hermanos y hermanas. También en ocasiones realicé orgullosamente las tareas que me encomendaban. No quiero que me malinterpreten: todavía hasta hoy no he sentido rencor hacia ellos, más bien respeto su buena voluntad, el celo, y el deseo tan grande de dedicarse totalmente, y aprendí tantas cosas con ellos que les estoy agradecida. Pero, a pesar de esto, me marché de la comunidad 21 años después. ¿Por qué?.
Mientras, en el principio, me orienté mucho hacia el modernismo, el desarrollo de todas las clases de teorías posibles en el seno de la Iglesia Católica Romana, las nuevas corrientes teológicas (justificadas por la teoría de que el Espíritu Santo nos guía continuamente de forma más profunda hacia la verdad), la falta de sacerdotes y de nuevas vocaciones a la vida monástica, me pusieron a reflexionar mucho más profundamente con el paso del tiempo. Ya que a la juventud no le gusta asistir a la iglesia, se debería ensayar con diferentes maneras de experiencias litúrgicas para atraerla al templo, por ejemplo, con música rock o disco durante la misa, usar mensajes de texto en los teléfonos para las intercesiones, misas a las que los jóvenes pudieran asistir yendo a la iglesia en patinetas o patines, y otras cosas similares. Tenía la impresión de que todo lo que fuera sagrado se estaba vendiendo y adaptando solamente para presentarlo a la gente de la manera más atractiva, y caí en un dilema cada vez más creciente. Por un lado, me estaba volviendo más conservadora de forma paulatina porque estaba convencida de que lo sagrado debía quedarse sagrado pero por el otro lado nuestra comunidad era ecuménica. Inspirada por el Papa Juan Pablo II, quien comenzó a orar con representantes de diferentes religiones, el diálogo con otras religiones también se acentuó en nuestra comunidad. Nos abrimos a otras denominaciones, otras religiones y corrientes espirituales –claro está, con la esperanza de ganarlos para la Iglesia Católica Romana. Y una manera de expresar esto fue a través de la música. Por ejemplo, cantábamos ciertos cantos que parecían mantras (oraciones) hindúes con la excepción de que mencionábamos el nombre “Jeschuah” para lograr una concentración y paz interior. Durante nuestras oraciones incorporábamos también elementos ortodoxos, por ejemplo, cantábamos los sábados por las noches algunas secciones de las vísperas ortodoxas en idioma alemán con melodías rusas y otros salmos ortodoxos. Una de mis principales responsabilidades en la comunidad era la liturgia.

El encuentro con la ortodoxia – mi camino a casa
En el 2005 la comunidad celebró 25 años de existencia. Aprovechando esta ocasión se le permitió a todos los miembros de la comunidad, que nunca habían visitado Jerusalén, ir allí en un viaje de peregrinación.
Llegamos a Jerusalén tres semanas antes de la Pascua ortodoxa. Como el diálogo era un elemento significativo en nuestra comunidad, participamos en las liturgias de las diferentes denominaciones. Fuimos a la iglesia armenia, a los coptos, a los franciscanos, a las monjas ortodoxas del monasterio ruso de Santa María Magdalena en el Monte de los Olivos y a la liturgia ortodoxa griega en la Iglesia de la Resurrección. La variedad de denominaciones en Jerusalén era impresionante y uno podía descubrir algo novedoso en todas partes. La primera liturgia ortodoxa griega que experimenté fue durante la Pascua en la Iglesia de la Resurrección, y esta fue la experiencia decisiva. Es difícil para mí describir lo que allí experimenté, sentía que me encontraba en el cielo o que el cielo había bajado a la tierra. En esa ocasión no conocía lo que era el Himno de los Querubines; cuando lo escuché por primera vez sentí un grado de concentración tan profundo y pensé que en ese momento los ángeles estaban cantando con las personas. (Luego me enteré que, en la época imperial, dos emisarios del zar de Rusia habían sentido lo mismo cuando experimentaron por primera vez la liturgia en Constantinopla). Mi experiencia más profunda fue la seguridad de un conocimiento interior. ¡AHORA HABÍA LLEGADO A CASA! Fue esta como una respuesta a mi desasosiego interior. Esto era lo que me faltaba, como dije antes, esta era esa experiencia interior. Para ese entonces yo no conocía mucho de la historia de la Iglesia, sobre el Filioque (la procedencia del Espíritu Santo), el cisma, etc.
En ese momento no podía, ni tampoco quería, discutirlo con el fundador de nuestra comunidad. Primero quería llegar a conocer más sobre la Iglesia Ortodoxa. Esto ocurrió en el comienzo, sólo durante la liturgia, pero ¿cómo llegar a lograrlo?. Después de la celebración de Pentecostés nos teníamos que regresar...y ¿luego, qué?.
Gracias a Dios, la Divina Providencia dirigió mis pasos. Como dije antes, mi responsabilidad era la liturgia. Así que en la fiesta del Espíritu Santo recibí, de parte del fundador de nuestra comunidad, la orden de quedarme con otra hermana por un año en Jerusalén y estudiar las diferentes liturgias. Tenía que moverme como las abejas para reunir la miel, es decir, cada domingo tenía que visitar una liturgia diferente, aprender los salmos, tomar notas y ver qué podíamos incorporar de todo esto a nuestra liturgia. Esto era una tarea hacia la unión de las iglesias. Así unas veces visitaba a los Armenios, otras veces a las monjas ortodoxas rusas en el Monte de los Olivos o a la liturgia ortodoxa griega en la Iglesia de la Resurrección. Aparte de todo esto, teníamos que celebrar una vez a la semana la Divina Liturgia según el rito ortodoxo con un sacerdote católico, con la intención de orar por la unión.
Durante este período del ciclo de liturgias, siempre esperaba por la siguiente liturgia griega. Gracias a Dios, en ese tiempo había un jóven diácono ortodoxo, guardián del Gólgota, que hablaba inglés muy bien y era muy accesible como persona, a quien le pude preguntar sobre la liturgia, aprender algunos salmos e intercambiar impresiones sobre las diferencias entre la Iglesia Ortodoxa y la católica romana. A él le debo muchísimo, de veras.
Contestaba a todas mis preguntas con infinita paciencia y, sobre todo, nunca trató de influir sobre mí, algo que me pareció muy significativo. Porque más tarde, en comparación con “mi” comunidad, ellos decían que fui influenciada por los Ortodoxos. Pero, sin embargo, fue todo lo contrario: fuí presionada por los católicos romanos, pues eran ellos quienes siempre trataban de convencerme que aquí estaba la plenitud de la verdad y que nadie podía discutir la superioridad del Papa, entre otras cosas. De parte de los Ortodoxos, solamente recibía información y respuestas a mis preguntas. Claro está que todos dirían estar seguros de que la Iglesia Ortodoxa es la verdadera Iglesia de Cristo, pero sin embargo, nadie me obligaba a hacerme ortodoxa.
Pasaron tres meses así, con las liturgias y el estudio e intercambio de impresiones. Fue un período hermoso e intenso pero también muy difícil, porque yo no podía dar a conocer que la atracción hacia la Ortodoxia crecía dentro de mí cada vez más, por el contrario, era seguro que me pedirían regresar de inmediato a Alemania.
Luego de esos tres meses, apareció otro problema. Nuestras visas habían caducado y teníamos que renovarlas o irnos a Alemania para luego regresar. Tuve miedo de lo segundo porque estaba segura que mi padre espiritual ya se había dado cuenta de que algo no iba bien conmigo. Un sacerdote ortodoxo que conocí me aconsejó ir a ver a un Obispo que probablemente me podría ayudar con el asunto de la visa. Fui a verle y me reuní con él, y le expliqué todo. También le dije sobre mi experiencia en esa liturgia de la Iglesia de la Resurrección durante la Pascua y que yo me cuestionaba una y otra vez si debía hacerme ortodoxa, ya que si regresaba a Alemania sería el fin para mí.
El Obispo me dio el sabio consejo de confesarle la verdad al padre espiritual de mi comunidad y pedirle que me liberara de la misma por un año con el propósito de leer, estudiar y continuar visitando la liturgia para llegar a conocer la belleza y profundidad de la Ortodoxia, pero también los errores y debilidades humanas para así poder tomar una sabia decisión después de transcurrido ese año. Me gustó ese consejo y le escribí una carta a mi padre espiritual para solicitarle la liberación. Le expuse claramente que no quería tomar una decisión basada en una primera impresión de amor y entusiasmo sino que necesitaba tiempo para el estudio y la investigación. Solicitud que me fue negada, como puede verse en el fragmento de su respuesta a mi carta: “...establecer el asunto de la conversión de alguien después de una residencia de 4 meses muestra más la falta de sus convicciones en las creencias católicas que en la propia dirección de Dios. No se puede aceptar, desde el punto de vista católico, la prueba de que la Iglesia Ortodoxa representa más la verdad de Dios que la propia Iglesia Católica”. Además de esto, ellos enfatizaban que al yo haber sido enviada con una misión a Jerusalén, por esta única razón yo no podía ser liberada para ponerme a investigar sola.

Un fragmento de mi carta de respuesta

¡Ya no puedo regresar!. Es por una razón de conciencia que yo debo y deseo colocarme frente a todos. Estos días atrás, con toda sinceridad, yo leí una y otra vez su carta y la estudié con oración y lo que me quedó bien claro fue que “ya estoy del otro lado”. Ahora ya no hay posibilidad de regresar, aunque esto no quiere decir que ya decidí cambiar mi fe....Deseo pedirle que me libere de la comunidad para poder estudiar el caso de mi posible conversión como laica. Respecto a la Ortodoxia, usted me escribió que “uno debe experimentar amor sin aprisionarlo”. Y yo no quiero aprisionarlo, sino rendirme a él por completo. Para mí la Ortodoxia es todo un mundo al cual quiero entrar completamente, si es verdadero. Mientras tanto, no me conviene dejar sin terminar ni el más pequeño de los cantos e insertarlos en el espíritu y la liturgia católica”.

En otra carta que me enviaron de respuesta se me ordenaba regresar inmediatamente a Alemania para aclarar la situación in situ. Básicamente yo no lo quería, porque tenía miedo de mi debilidad y que ellos pudieran influenciar nuevamente en mí y hacerme cambiar de opinión. Desafortunadamente no hubo posibilidad de renovar mi visa y en esa misma ocasión me enteré que mi director espiritual había reservado un vuelo a Jerusalén para ir a hablar conmigo en caso de que yo me rehusara volver a mi país. Así fue que yo regresé allí a “mi” comunidad y tuve muchas discusiones con mi director espiritual. Durante una de esas discusiones me mostró que, como católica, yo tenía que estudiar mi duda de si la Iglesia Ortodoxa es la verdadera Iglesia de Cristo y que no podía ser que yo estuviera del otro lado, es decir, que yo era ya Ortodoxa sino que más bien yo investigara desde ese lado si la Iglesia católica es la verdadera. Eso sería deshonesto de mi parte. Como católica yo debía investigar desde el lado católico. Eso me había convencido de alguna manera y, como mi director espiritual me había asegurado que a fines de año, cuando yo completara mi misión, podía investigar el caso sobre la Ortodoxia, volví a la obediencia y a su dirección espiritual. Aunque confieso que una hora después estaba de pie llorando y repitiendo una y otra vez “¡Ahora sí que lo he perdido todo!”, pero mi director espiritual me aseguraba que no era así, sino que yo debiera involucrarme con lo que antes ocupaba mi tiempo. Al volver a la regla de obediencia y dirección espiritual, tres semanas después me enviaron de vuelta a Jerusalén para continuar mi misión hasta el Pentecostés...Las primeras tres semanas marcharon bien; yo estaba decidida a proseguir mi misión y, por encima de todo, a investigar -como católica- el asunto de la Iglesia Ortodoxa después. Pero, sin embargo, mi corazón no retrocedió. Metafóricamente hablando, me sentía como si estuviera embarazada, con el bebé a punto de nacer, pero tuve que dejarlo a un lado ya que esto –desde el punto de vista religioso- me parecía como un aborto. ¡Si al menos tuviera permiso para poder leer o intercambiar impresiones!, mas todo esto me fue negado y lo único que se me permitió fue visitar la Liturgia ortodoxa una vez al mes. Unas semanas más tarde me había convertido internamente en una especie de ruina. Me sentaba llorando en el Gólgota y no sabía qué más hacer. Un monje ortodoxo me había dicho en una ocasión: “Sólo hazle caso a la voz de tu corazón”. Básicamente, ya mi corazón era ortodoxo.
Durante Navidad tuve que regresar a Alemania porque terminaba mi visa, y de nuevo me vi enfrentándome al mismo problema. Ya mi corazón estaba “del otro lado” pero en esta ocasión no quise mostrar mis sentimientos pues de lo contrario no había regreso a Jerusalén. Aun así, en una conversación que tuve con mi director espiritual le dije que ya estaba impaciente por investigar finalmente el tema de mi conversión. Él quedó sorprendido y dijo que tal vez era algo superfluo lo que yo sentía, que con el tiempo iba a desaparecer. Luego le anunció a la comunidad que yo todavía quería proseguir mis investigaciones sobre la ortodoxia.
Volví a Jerusalén. Fue un periodo terrible para mí, por dentro sentía como una zozobra y me vi en un dilema. Por un lado mi corazón y mi conciencia me decían que la plenitud de la verdad existe en la Iglesia Ortodoxa y que ella es la verdadera iglesia. Y eso no era solamente la primera experiencia: aquí lo que era santo se había mantenido santo, la liturgia era dirigida a Dios y no vendida a los hombres ni ofrecida a ellos como alternativa para poder hacerla más palpable a la gente, ella siempre fue la misma que nos enseñaron nuestros padres. La fe se mantenía tal y como fue entregada por los padres y definida por los primeros siete sínodos o concilios ecuménicos y no las continuas y nuevas doctrinas teológicas ni los experimentos litúrgicos. Aquí está la plenitud de la verdad y la única y auténtica Iglesia de Cristo. Esta certeza crecería cada vez más dentro de mí luego de muchas discusiones con el diácono y algunos otros monjes en mis visitas a la Divina Liturgia. Por otro lado, me sentía atada por la obediencia a no investigar esta cuestión en ese momento o a intercambiar opiniones con otros miembros de la Iglesia Ortodoxa. Entonces, ¿a quién debía acudir para esta necesidad interna?.
Y Dios me envió de nuevo una ayuda. Era un amigo católico romano, teólogo y diácono, de quien conocía su amor por la Ortodoxia. Cuando le manifesté mi lucha interior entre mi conciencia y mi obediencia espiritual, él me dijo: “Es un dogma de la iglesia católica romana el poner la conciencia personal por encima de la obediencia en asuntos de fe y de la Iglesia”.
Esto fue como mi liberación. ¡Ya tomaba mi decisión!. Al día siguiente fui a ver al Patriarca y le conté mi historia y le manifesté mi deseo de hacerme ortodoxa. Él tomó seriamente mi intención y me envió adonde un monje para que me diera catecismo. Esto ocurrió una semana antes del periodo de ayuno, justo un año después de mi llegada a Jerusalén.
En una posterior carta que escribí, le anunciaba mi decisión a mi director espiritual y a la comunidad. Naturalmente, ellos no aceptaron. Mi director espiritual inmediatamente me pidió que regresara a la obediencia total, ni que diera ningún otro paso, sino que a partir de ese momento evitara todo contacto y dejara el catecismo que había comenzado con los ortodoxos, hasta que él llegara a Jerusalén. Pero así y todo, mi decisión era rotunda y no quise volver a reconsiderarla. Escribí una carta final a mi director espiritual y entonces abandoné mi comunidad unos días después. En ese momento no tenía intención alguna de venir a enfrentarme a mi director espiritual ni tampoco veía futuro en una confrontación con él. La comunidad quería servir a la Oikoumene (todo el planeta) y tampoco preveía yo posibilidad alguna por la unión de las llamadas “iglesias hermanas”. O TAL VEZ ES MEJOR DECIR QUE ESTOY CONVENCIDA QUE PARA LA IGLESIA CATÓLICA ROMANA HAY UN SOLO CAMINO PARA LA UNIÓN, LA VÍA DE LA IGLESIA ORTODOXA. Todo lo demás constituye un esquema humano y artificial. ¡Qué liberador es para alguien participar en una liturgia ortodoxa y saber que esta no cambia y que no es como la misa católica, que teme lo que vendrá después. ¡A veces he pensado que incluso muchos ortodoxos no conocen cuánta riqueza espiritual y el tesoro que se les ha dado, cuán agradecidos debemos estar con Dios por ello y cuán responsables debemos ser en preservarlo!

martes, 27 de diciembre de 2011

Carta del Señor Jesus para ti.

Hijo o hija mía:
Te escribo estas letras con mucho amor. Confía en Mí. ¿Por qué te agitas y confundes por los problemas que trae la vida?.....Déjame controlar todas tus cosas e irán tornándose mejores. Cuando te entregues totalmente a Mí, todas las cosas serán resueltas con tranquilidad de acuerdo a mis planes. No te frustres, no me ores como apresurándome, como si quisieras forzarme a realizar tus planes. En lugar de eso, cierra los ojos de tu alma y con paz dime:  "Jesús, Yo confío en Tí".
Trata de evitar esos pensamientos que te angustian al querer comprender las cosas que te pasan. No arruines mis planes tratando de imponer tus ideas, déjame ser tu Dios y actuar libremente en tu vida. Entrégate a Mí con completa fe y confianza y deja tu futuro en mis manos. Dime frecuentemente: "Jesús, Yo confío en Tí".

Lo que más te lastima es cuando tratas de razonarlo todo de acuerdo a tus pensamientos e intentas resolver tus problemas a tu manera. Cuando me digas: "Jesús, Yo confío en Tí", no seas como el impaciente que le dice al doctor: "cúrame", pero le sugiere la "mejor" forma de hacerlo. Déjate curar por mis brazos divinos, no tengas miedo, Yo te amo.

Si ves que las cosas se vuelven peores o más complicadas, aún cuando tú estás orando, manténte confiando en Mí, cierra los ojos de tu alma, y continúa diciendo a cada hora: "Jesús, Yo confío en Tí".

Necesito mis manos libres para poder manifestarte mis bendiciones. No ates mis manos con tus absurdas preocupaciones. Satanás quiere que te frustres, hacerte sentir triste, quitarte la paz. Confía en Mí, descansa en Mí, entrégate a Mí y de acuerdo a la fe que me tienes. Así que no te preocupes, dame todas tus frustraciones y duerme en paz, y siempre dime: "Jesús, Yo confío en Tí", y verás grandes milagros.

Te lo prometo con todo mi amor,

                                                         Jesús.

La Biblia y el día del Perdón

Por Su Excelencia Reverendisima CRISTÓDULOS I
Obispo de la Metrópolis Ortodoxa Autónoma de las Américas e Islas Británicas

El Señor le dijo a Moisés: Asegúrate de celebrar el Día del Perdón el décimo día del mismo mes, nueve días después del Festival de las Trompetas. Lo celebrarás como día oficial de asamblea santa, un día para negarte a ti mismo y presentar ofrendas especiales al SEÑOR. No hagas ningún trabajo durante todo el día porque es el Día del Perdón, cuando se presentan ofrendas de purificación por ti, para hacerte justo ante el Señor tu Dios. Los que no se nieguen a sí mismos en ese día serán excluidos del pueblo de Dios; y yo destruiré a aquellos de entre ustedes que hagan algún trabajo en ese día. ¡No deberás hacer ningún trabajo en absoluto! Esta es una ley perpetua para ti, que se cumplirá de generación en generación dondequiera que vivas. Este será un día de descanso absoluto, y en ese día debes negarte a ti mismo. Este día de descanso comenzará al atardecer del sol del noveno día del mes y se extenderá hasta el atardecer del décimo día.

Levitico
El día del perdón empieza un día viernes a partir de las cinco de la tarde, Israel se convierte en otro país, los autobuses, trenes, coches o aviones se detienen por completo. Todos los ministerios, instituciones públicas, empresas privadas y comercios, se cierran. Durante 25 horas, las calles de todo el país están ocupadas por centenares de miles de niños en bicicleta. Las sinagogas presentan su mejor entrada. Es el Yom Kipur, (Día del Perdón), la jornada más sagrada del judaísmo, que paraliza completamente Israel y es respetado por el grueso de los más de 13 millones de judíos que hay en todo el mundo.

1. El día del perdón, o Yom Kipur, es el día judío del arrepentimiento, considerado el día más santo y más solemne del año para el pueblo de Israel. Basado en el mandato que Dios dictó en Levítico, el tema central es la expiación (desagravio, reparación) y la reconciliación (arreglo, armonía).
2. Este día sigue siendo una fiesta solemne en Israel, comienza con un ayuno de reflexión, pues lo más importante en el día del perdón no es esperar que todos te lo pidan, sino estar listo a pedirlo, reconociendo por lo tanto, los errores cometidos. Al contrario de lo que nos podríamos imaginar, este día de Yom Kipur no es un día triste, es un día para estar feliz.
3. El día del perdón y ayuno es sobre todo el día en el que los judíos oran, reflexionan y piden perdón ante sus familiares, amigos, conocidos y desconocidos. En las horas previas, la costumbre es pedir perdón al que uno cree que ha tratado de forma incorrecta o ha ofendido.

Las nuevas tecnologías han acudido al socorro de los creyentes y los perfiles de Facebook se llenan de peticiones de perdón. No sólo hay el “me gusta” sino también el “pido perdón”. Asimismo, millones de sms suelen colapsar la telefonía israelí.
Un rabino llamado Tsión Algazi fue sorprendido por un alumno con esta pregunta:”Si he enviado sms a mis amigos y compañeros pidiendo perdón, ¿quedo exento de tener que ir a verles personalmente para presentar mis excusas?”. Más acostumbrado a beber de las fuentes bíblicas que navegar en las modernas aguas virtuales, el rabino contestó: “El envío de un mensaje es bendecido y puede ser suficiente si la otra persona no está realmente enfadada contigo. De lo contrario, debes pedir perdón personalmente y esperar su respuesta”.
Un dato interesante es que este día del perdón dura veinticinco horas, es necesario todas estas horas en ayuno, sin hacer otra cosa que meditar y reflexionar, para que realmente delante de Dios estar listo a reconocer, cuantas personas necesitan escuchar seriamente que lo sientes de corazón.
¿Les gustaría que en nuestro país, hubiera un día tan sagrado como este? Cuando sueño despierto imaginando esta ilusión me tengo que despertar pronto porque a decir verdad, es bonito que te pidan perdón, pero cuántos estamos listos a reconocer que hemos fallado.

Hablemos un momento sobre la práctica del perdón
1. Nosotros fuimos perdonados. La mayoría de los cristianos cuando nos acercamos a Cristo asumimos que éramos culpables de algo, aceptamos que no éramos perfectos, reconocimos debilidades, entendimos el por que de nuestros fracasos y entonces humillados y arrepentidos buscamos el perdón de nuestras miserias.
2. Pero nos olvidamos que lo fuimos. Con el correr de nuestra nueva vida regenerada sin embargo, algo empieza a pasar que hace que esta experiencia sublime deje de serlo, y entonces, parecería que siempre fuimos buenos, siempre fuimos bien intencionados, es decir, se sacaron la lotería al escogerme a mi como parte de su equipo. Cuando nos olvidamos que fuimos perdonados, un gran pecado empieza a generarse en aquel que deja de ver su interior, la distracción aparece y ahora resulta más conveniente mirar el corazón de los demás. El que se olvida que necesita perdón termina rebelándose contra todo sano juicio. La gente poco amistosa sólo se preocupa de sí misma; se opone al sentido común.

Un ejemplo de un hombre que decidió vivir sin nadie a quien pedir perdón
Hubo un hombre llamado Heber el quenita se había separado de los otros quenitas que descendían de Hobab, el suegro de Moisés, y armó su campamento muy lejos de su parentela (Jueces 4:11), era por así decirlo, un ermitaño, seguramente alguien que se alejó por incomprendido, desautorizado, disciplinado o simplemente resentido. ¿Alguna vez has sentido el deseo de apartarte de todos tus seres amados y huir? El hombre esquivo en esta cita es NIPRAD, es decir aquel que se aparta de los suyos, su familia, su clan. No ha sido rechazado, ni discriminado, pero él cree que es el filósofo, el entendido, el más razonable de todos, por eso sus reflexiones lo llevaron a concluir que era mejor apartarse antes de pelear contra la ignorancia.
Niprad no reconoce los síntomas de su enfermedad, el ser antisocial, orgulloso y terco lo hace buscar pretextos para romper con todos y apartarse. Algunas de sus citas preferidas son: “Prefiero no enredarme con los inmaduros”; “Prefiero mantenerme a la distancia”; “Yo no voy, ya sabes que ellos ni siquiera esperan que yo vaya”; “Hace tiempo que corté con todos esos inmaduros”. Detrás de la mujer o el hombre esquivo hay una personalidad escurridiza, alguien que se excusa porque no quiere enfrentar su propio corazón, pero también puede haber alguien tan dolido que solamente en apartarse encuentra aplacamiento a su sinsabor.

Jesús vino a regalar su perdón a toda la humanidad
Empecé este articulo meditando en el tema de un día de perdón, sabes que Cristo vino a traer un día de perdón para toda la humanidad, pero esta gracia divina no está limitada a un solo día, sino que Cristo ofrece su misericordia gratuita a todos aquellos que están conscientes que la amargura, el rencor y el miedo no deben ser parte de su estilo de vida, que necesitamos sentirnos ser perdonados, que necesitamos perdonar. Colosenses 2:13 nos dice: “Sin embargo, Dios nos dio vida en unión con Cristo, al perdonarnos todos los pecados y anular la deuda que teníamos pendiente por los requisitos de la ley. Él anuló esa deuda que nos era adversa, clavándola en la cruz.”
La Biblia dice que no hay justo, ni siquiera uno, no hay quien haga lo bueno, no hay quien tema a Dios, por eso necesitamos un intermediario, y ese abogado es Jesucristo y está con los brazos abiertos para perdonarnos, para quitar toda mancha de amargura, todo deseo de venganza, toda insatisfacción, aquí esta Dios y está listo para ayudarte a lavar tu vida, como dice en su palabra: ¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios. (1 Corintios 6:18-20).  Y otro verso más: “Mis queridos hijos, les escribo estas cosas para que no pequen. Pero si alguno peca, tenemos ante el Padre a un intercesor, a Jesucristo, el Justo. Él es el sacrificio por el perdón de nuestros pecados, y no sólo por los nuestros sino por los de todo el mundo. 1 Juan 2:1-3.

Hoy puede ser tu día del perdón, pero antes de empezar a reconocer a las personas que necesitas acercarte a buscar esa reconciliación, no podrás dar ni un solo paso sin la ayuda del creador del perdón, sin la ayuda de Jesús tus esfuerzos te llevarán más bien a dar pasos en falso, empieza entonces, buscando la ayuda del abogado divino y dile que te perdone, que limpie tu corazón, que reconoces que necesitas su perdón. El arrepentimiento es una actitud que expresa reconocimiento y confesión, si quieres ser perdonado esto es lo que necesitas hacer, debes sentir arrepentimiento, como dice la palabra: en Ezequiel 18:30 »Por lo tanto, dice el Señor, juzgaré a cada uno de ustedes, según sus acciones, dice el Señor Soberano. Arrepiéntete y apártate de tus pecados. ¡No permitas que tus pecados te destruyan!